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Uno de los últimos sastres del Vaticano
Con una cinta métrica colgada del cuello y un dedal en su dedo, Raniero Mancinelli desliza una aguja por una sotana negra con ribetes rojos para un cardenal en su sastrería, a dos pasos del Vaticano.
"Lleva dos o tres días hacer un traje: tomar las medidas, cortar y ponerlo todo junto", afirma este italiano de 86 años, uno de los últimos sastres eclesiásticos en Roma.
Son días de plena actividad en su histórica tienda en el barrio de Borgo Pio, a tiro de piedra de la Santa Sede, antes de la ordenación este fin de semana de 21 nuevos cardenales.
Un tercio de ellos han encargado sus vestimentas a este veterano sastre.
"Ellos confían en mí y yo sé lo que tengo que hacer en función de donde viven, el clima, sus capacidades financieras", afirma el hombre de espesas cejas negras y una fina perilla plateada.
Cálices dorados, tocados bordados, anillos grabados y rosarios con resplandecientes crucifijos decoran las estanterías del comercio.
Entrar al taller en la trastienda es como viajar en el tiempo: una máquina de coser Necchi de color verde oliva está fijada a un banco de madera debajo de un mapa del Vaticano.
En una mesa cercana yacen unas enormes tijeras y una antigua plancha de hierro.
- La moda cambia -
El sastre, al que asisten su hija y su nieto, se dota de tijeras, alfileres, bolillos y botones.
Dos sotanas escarlatas ya terminadas están colgadas dentro del taller. Pero los futuros cardenales también necesitarán una birreta (un gorro cuadrangular rematado con una borla), una muceta (una capa que llega hasta los codos) y un roquete (una prenda de encaje blanco).
El sastre también confecciona los hábitos negros y los alzacuellos blancos para los curas, y los solideos y los cinturones morados de los obispos.
Las sedas de lujo usadas antaño se han sustituido por "lanas más ligeras y baratas", reduciendo el precio de una sotana a unos 200 euros (210 dólares).
Originario de la región de Marcas, en la costa oriental del centro de Italia, Mancinelli entró en este oficio "de casualidad".
"Un día me ofrecieron el trabajo de hacer sotanas para el Vaticano", explica a la AFP. "Empecé así, precavido, poco a poco, pero inmediatamente vi que me gustaba".
Desde entonces ha trabajado bajo siete papados distintos. Empezó a finales de los 1950 con el papa Pío XII, y en 1962 abrió su negocio propio.
Recuerda con nostalgia las largas colas "de 6-7 metros de seda" escarlata que vestían entonces los cardenales o los altos alzacuellos que llevaban los clérigos.
Pero la moda cambia, también la eclesiástica.
Después del Concilio Vaticano II en los años 1960, que impulsó la Iglesia a la era moderna, la vestimenta clerical se simplificó.
El estilo se volvió todavía más austero con el papa Francisco, que se niega a vestir las pieles y los terciopelos de sus predecesores.
La ropa clerical es ahora "más ligera, menos cara, menos suntuosa y menos llamativa", dice Mancinelli.
- "Maestro" -
El taller está repleto de fotos del sastre con papas. Ha hecho sotanas para los tres últimos, incluido el pontífice argentino.
Pero lo que más le motiva es su relación "excepcional" con los clérigos comunes, lo que le dio fuerzas para reabrir después de la difícil pandemia.
"Son ellos quienes me dan esta energía, este deseo de trabajar", afirmó.
Eclesiásticos de todo el mundo se dejan caer por su tienda cuando visitan Roma. Algunos se han hecho amigos, otros han escalado en los peldaños de la jerarquía católica.
Con el tiempo, la competencia ha ido menguando y el sector de la moda eclesiástica se ha industrializado.
"Es un trabajo muy particular, todo se hace a mano", se reivindica Mancinelli.
El sastre cuenta con un aprendiz de este oficio centenario, su nieto Lorenzo di Toro de 23 años, que lleva trabajando con él desde hace tres años.
"No pensé que sería tan difícil", dice el joven, con zapatillas deportivas y una sudadera con capucha que contrastan con la decoración de la tienda.
Su abuelo es "muy exigente" y "atento con el mínimo detalle".
Pero Di Toro asegura que está preparado para heredar el negocio familiar. "Siempre intento aprender de él porque, al final, él es el maestro".
N.Fournier--BTB