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Familias sin hogar sobreviven en un gimnasio en medio de la crisis en Cuba
En un gimnasio de La Habana donde resuenan golpes de guantes contra sacos de boxeo, nueve familias cubanas sobreviven desde hace casi tres años entre cartones y sábanas viejas, una situación agravada por la actual crisis en la isla.
Lo que debía ser un alojamiento por 15 días tras el derrumbe parcial de su edificio se convirtió en una estancia indefinida dentro de la sala polivalente Jesús Montané, en el barrio de San Isidro, un espacio de boxeo convertido en albergue.
Las sucesivas promesas de reubicación por parte del gobierno no se han concretado. Dayana García, una madre de familia de 35 años que vive en el lugar ve "muy difícil" la posibilidad de recibir una vivienda "ahora como está la situación del país".
La isla, de 9,6 millones de habitantes, atraviesa una severea crisis económica y energética, mientras acumula un déficit habitacional de más de 900.000 viviendas.
Sábanas sostenidas por cables y palos, cartones y muebles viejos delimitan el perímetro de las "casas" con el área deportiva, sin aislar el ruido ni las miradas de quienes llegan al lugar.
Felicia Crespo, una ama de casa de 57 años, se instaló cerca de la entrada de la nave. Una cama de metal, una hornilla de carbón, algunos electrodomésticos apilados sobre una meseta improvisada, dos butacas y un sillón de madera son casi todas sus pertenencias.
El tendido eléctrico es precario: cables cruzan el suelo y se ramifican hacia cada área familiar. El agua, compartida, proviene de una cisterna que los residentes consideran insalubre. "No te la puedes tomar", comenta Crespo a la AFP. "Es para lavar, para fregar".
- "No somos animales" -
Desde las ocho de la mañana el área deportiva se llena de actividad. Niños y jóvenes entrenan, corren y gritan por los pasillos formados entre las improvisadas viviendas. El descanso resulta imposible.
A las carencias materiales se suman problemas sanitarios. Chinches, ratones y humedad forman parte de la vida diaria.
"Realmente esto no es para convivencia (...) hay ratones, hay gatos, no es un lugar para tener personas viviendo", dice Crespo, mientras un funcionario del gobierno le entrega el almuerzo a las familias albergadas.
En un cubo plástico sin tapa se reparte arroz con frijoles; dentro de una bolsa de nailon, el picadillo. Con gesto resignado, la mujer distribuye la comida entre los vecinos. "Esto no es vida, no somos animales", se queja.
Al fondo del gimnasio vive Dayana García, quien cría sola a sus tres hijos. La menor, de casi tres años, nació allí.
Las condiciones han afectado la salud familiar. "La niña se me ha enfermado ya varias veces, igual que el niño, de los pulmones, de la humedad, de hecho, el niño tiene una lesión en el pulmón derecho", explica.
La falta de higiene también deja huellas en su propia salud. "Tengo un hongo", añade García y muestra las lesiones que se extienden por su cara, brazos y piernas.
- Sin esperanzas -
"Ya no veo posibilidad de nada, porque aquí no viene nadie. Ni viene nadie del gobierno, ni viene nadie de Vivienda (...) ni a ver cómo estamos, si estamos vivos o si estamos muertos", se queja García. "No tengo esperanza ahora mismo de que me den nada (una casa)".
Bajo el techo de zinc del gimnasio el calor es sofocante. Con apagones de más de 24 horas por la falta de combustible en el país y sin ventilación, la nave resulta casi inhabitable durante gran parte del día.
"Un baño de sauna", resume Orestes Zambrano, un celador de 63 años que también vive ahí.
Mientras tanto, los atletas entrenan casi ajenos a las familias que viven entre ellos.
"Al principio era raro, pero ya nos hemos adaptado a que viven personas aquí", comentó Radamés Castillo, uno de los profesores de boxeo.
En el mismo lugar donde se forjan boxeadores, estas familias libran su propio combate, sin árbitro ni tiempo definido: resistir sin privacidad, sin descanso y sin la esperanza de tener una vivienda.
"¿Qué podemos hacer? Nadie aquí sabe qué hacer. Nadie sabe a dónde ir", concluye Zambrano.
E.Schubert--BTB