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Cazando con los inuits en la banquisa ártica que se derrite
En la banquisa, Hjelmer Hammeken ha avistado una foca cerca de su hoyo en el hielo. Camuflado de blanco, el cazador inuit avanza con pasos lentos sobre la nieve, se tumba y espera. Al golpear el suelo con los pies, el animal levanta la cabeza y él dispara.
En medio de este paisaje lunar, Hjelmer despedaza inmediatamente a su presa y engulle un trozo de hígado todavía caliente. La recompensa del cazador.
La escena es rutinaria en Ittoqqortoormitt, cerca del estrecho de Scoresby, el mayor fiordo del mundo en la costa este de Groenlandia, en los confines del Ártico.
En esta aldea de 350 habitantes de casas coloridas, todos los hombres cazan: osos si son profesionales; focas, narvales o bueyes almizcleros si son aficionados. Es un estilo de vida ancestral que se transmite de generación en generación.
Pero desde hace una veintena de años, el cambio climático y las cuotas de caza amenazan una tradición que garantiza la supervivencia de las familias inuits.
Para retratar su vida cotidiana, una videoperiodista y un fotógrafo de la AFP convivieron durante varios días a finales de abril con cazadores profesionales de Ittoqqortoormitt.
- "¿Qué pasará en los próximos 50 años?" -
Cuando llega con su trineo tirado por perros por la banquisa junto al océano, el veterano de 66 años Hjelmer Hammeken impone respeto. Es el mayor cazador de osos polares de Groenlandia: 319 abatidos en cincuenta años, siete este año.
Su reputación se remonta a los años 1980. Partía solo con sus perros hacia los glaciares del fiordo, equipado solo con una tienda y unas pocas provisiones. Después de varias semanas de expedición, podía volver con hasta tres osos.
Era la época dorada para los cazadores profesionales, que vendían las pieles de los osos al extranjero.
En 2005 se establecieron cuotas de caza para frenar la caída de población de osos polares. Este año se limitaron a 35 ejemplares, que ya se han alcanzado a finales de abril.
Por ello, ese día, Hjelmer optó por cazar una foca, que no está limitada por cuotas.
Él ha visto cómo desde principios de siglo, el cambio climático ha afectado lenta pero inexorablemente el Ártico, que se está calentando cuatro veces más deprisa que la media mundial.
"Antes, podíamos cazar todo el año", cuenta. "En invierno, el hielo era más duro (...) y el fiordo no se derretía nunca". Hoy, el hielo es menos espeso, la banquisa menos extensa y el estrecho está completamente abierto desde mediados de julio hasta principios de septiembre.
Mientras observa el horizonte junto al joven cazador Martin Madsen, el viento se va despertando, al igual que el mar. El hielo, más fino al borde de la banquisa, se vuelve inestable. El riesgo es que se desprenda. Es hora de irse.
"En agosto, toda la banquisa estará derretida, ya solo quedará el mar, un mar agitado", lo que complicará cazar focas o narvales (también sometidos a cuotas), prosigue Hjelmer.
En cuanto a los osos polares, se pregunta cómo sobrevivirán ya que cazan en la banquisa. En verano, atrapados en tierra firme y muertos de hambre, se acercan al pueblo. Es probable que en un futuro migren más al norte, apuntan los investigadores.
"¿Qué pasará en los próximos 50 años?", pregunta Hjelmer. "La caza es fundamental para nuestra supervivencia, lo necesitamos para comer, para traer dinero a casa. Es importante para el pueblo, para nuestro futuro".
- Sopa de oso polar -
Como cada mañana, Martin Madsen, de 28 años, observa el horizonte desde su ventana. Luego, consulta las previsiones meteorológicas en su celular. Hoy no hay niebla y hay mucho sol. Condiciones ideales para cazar. Agarra sus rifles y se dirige al borde de la banquisa.
Otros cazadores están ya en posición y escudriñan el paisaje. A dos kilómetros, tres osos polares están al acecho.
Para atraer a las focas, los inuits raspan el hielo con su "tooq", un largo palo de madera que imita el sonido de los pinnípedos cuando cavan el agujero en el hielo que les permite respirar.
Cuando un cazador descubre uno, grita "¡Aanavaa!" [pronunciado "Anaua": "¡Aquí una foca!") y silba para atraer al animal. Si falla, los otros pueden disparar.
Le pasó a Martin ese día. Al día siguiente, mata a una foca barbuda desde una distancia de más de 200 metros y con ayuda de su rifle calibre 222 mm. Está orgulloso. "Los perros podrán comer", dice después de haberse apresurado en regresar a la barca antes de hundirse.
Al igual que Hjelmer, Martin es uno de los 10 cazadores profesionales de Ittoqqortoormitt. Son los únicos autorizados a abatir osos polares, un título que se concede si el 100% de sus ingresos procede de la caza.
"He cazado desde niño. Crecí entre cazadores, mi padre, mi abuelo", cuenta. Las condiciones, sin embargo, han cambiado. No tanto en la manera de hacerlo --con la emergencia de celulares, satélites o motos de nieve-- sino en las condiciones de vivir de ello.
"Hoy no queda mucho por cazar", dice Martin. "Las cuotas impuestas a los cazadores no funcionan".
Las pieles de oso, que sólo pueden venderse en Groenlandia desde el embargo impuesto por la Unión Europea en 2008, alcanzan los 2.000 euros; las de foca los 40 euros, menos de la mitad que antes de que se impusiera una prohibición en 2009, que finalmente se levantó para los inuit.
Martin regresa a casa. Su esposa, Charlotte Pike, está preparando una sopa de oso polar. Tomates, zanahorias, cebolla y curry rojo.
"Dado lo poco que ganamos con la caza (...) la vida es muy difícil", dice esta mujer de 40 años, que busca una alternativa económica acogiendo turistas en su casa.
"Por no hablar", sigue, "de todo lo que oímos en el mundo sobre matar animales, no comer carne (...). Es duro para nosotros".
Martin, que nunca fue a la escuela, espera que su hijo Noah, de ocho años, tenga un futuro distinto, alejado de la caza.
- De generación en generación -
Peter, el padre de Nukappiaaluk Hammeken, de 11 años, no es cazador profesional.
Gestiona una tienda de comestibles en este pueblo del fin del mundo, a 800 km del asentamiento humano más cercano, en Groenlandia, que se abastece por barco de carga una o dos veces al año.
Nukappiaaluk Hammeken, sin embargo, sueña con ser parte de esta élite que caza presas. Aunque su número disminuye con los años.
En la juventud de Hjelmer -su tío abuelo- "casi todos los hombres del pueblo" eran cazadores profesionales.
Nukappiaaluk tendrá que esperar hasta los 12 años para poder cazar por primera vez. Para convertirse en un profesional, deberá pasar por un largo aprendizaje con los ancianos.
El requisito son los perros de trineo, obligatorios para la caza profesional.
Hoy, el tímido chico prepara a mano los collares para sus nueve cachorros. "Quiere convertirse en cazador profesional, así que le explico cómo hacerlo", dice su padre, de 38 años.
En dos meses, sus perros podrán empezar a trabajar. Nukappiaaluk tendrá que aprender a adiestrarlos, dirigirlos por la voz para que alcancen 30 km/h y ganarse su respeto: el más mínimo error puede ser fatal en este entorno hostil.
También deberá aprender a entender a sus futuras presas. Su dieta, su hábitat y sus movimientos a medida que evolucionan con el clima. Así lo hicieron las generaciones de cazadores que le precedieron.
"Si no conoces a tus antepasados, no sabes quién eres", resume su hermano Marti, de 22 años.
mpr-om-cbw-dp/dbh-sag/zm
B.Shevchenko--BTB