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"Mi madre me aplastó el vientre con una piedra": así es el aborto en Afganistán
Cuando Bahara estaba embarazada de cuatro meses, acudió a un hospital de Kabul para suplicar que le practicaran un aborto. "No podemos hacerlo", le dijo un médico. "Si alguien se entera, acabaremos todos en la cárcel".
El aborto es ilegal en Afganistán y cualquiera que lo practique o ayude a llevarlo a cabo puede ser encarcelado.
Pero Bahara estaba desesperada. Su esposo, desempleado, le había ordenado que "encontrara una solución": no quería una quinta hija.
"Apenas podemos dar de comer" a las niñas tal y como están las cosas, explicó Bahara, de 35 años, a la AFP. "Si fuera un niño, podría ir a la escuela y trabajar".
Pero no hay perspectivas de ese tipo para una niña, ya que las mujeres tienen prohibido asistir a la escuela secundaria, la universidad y acceder a la mayoría de los trabajos desde que los talibanes volvieron al poder en 2021.
Así que Bahara siguió el consejo de una vecina y compró, por el equivalente a dos dólares, una infusión en el mercado elaborada con un tipo de malva que induce las contracciones.
La hemorragia fue tan grave que tuvo que volver al hospital. "Les dije que me había caído, pero sabían que estaba mintiendo porque no tenía marcas en el cuerpo. Se enojaron pero no me denunciaron", cuenta la mujer.
"Me operaron y me extrajeron los restos del feto. Desde entonces me siento muy débil", asegura.
La planta que utilizó puede ser "muy peligrosa", según Guadalupe Maldonado Andrade, etnobotánica de la Universidad Politécnica Estatal de California, en Pomona. Una dosis incorrecta puede causar daños en los órganos y hemorragias graves.
El de Bahara no es un caso aislado.
Otras dos mujeres con las que AFP habló durante una investigación de varios meses también arriesgaron sus vidas para interrumpir su embarazo. Nesa tomó pastillas tóxicas para el embrión y Mariam se aplastó el estómago con una piedra.
De la docena de mujeres con las que AFP habló sobre sus abortos clandestinos, solo cinco aceptaron ser entrevistadas con la condición de hacerlo bajo anonimato y cambiar sus nombres. Incluso fuera de los círculos talibanes, el miedo a ser estigmatizadas y arrestadas es fuerte en la sociedad profundamente conservadora de Afganistán.
- Más "abortos espontáneos" -
Ante tal tabú y sin estadísticas reales, Sharafat Zaman, funcionario del Ministerio de Salud afgano, insistió en que "pocas" mujeres se ven afectadas.
Los talibanes, que siguen una interpretación estricta del islam, no cambiaron las leyes sobre el aborto cuando volvieron al poder en 2021.
Sin embargo, según trabajadores del sector sanitario entrevistados por la AFP, las autoridades comprueban con mayor frecuencia que no se practiquen interrupciones voluntarias del embarazo en los hospitales, lo que provoca pánico entre los médicos y empuja a las mujeres a abortar en secreto.
Varios doctores afirmaron que el número de "abortos espontáneos" ha aumentado desde 2021, lo que les hace sospechar que pueden ocultar abortos clandestinos, dadas las lesiones que presentan las pacientes y su estado psicológico.
Dos organizaciones médicas internacionales también afirmaron haber observado la misma tendencia, mientras que el acceso a los anticonceptivos se ha vuelto más difícil.
"Las restricciones presupuestarias y el cierre forzoso de los servicios de planificación familiar ponen en peligro el acceso a los anticonceptivos modernos", dijo a la AFP una fuente de la ONU, al señalar que menos de la mitad de las mujeres afganas tienen acceso a métodos como preservativos, implantes o píldoras.
Afganistán tiene una de las tasas de mortalidad materna e infantil más altas del mundo, y desde el año pasado las mujeres jóvenes tienen prohibido formarse como parteras o enfermeras en las facultades de medicina.
Aunque el portavoz del Ministerio de Salud reconoció los peligros de los abortos clandestinos y que algunas mujeres se enfrentan a "problemas", zanjó que no era culpa del gobierno.
El aborto está permitido cuando la vida de la mujer embarazada corre grave peligro. Sin embargo, en la práctica, rara vez se concede. Para los talibanes, la práctica es "quitar una vida", afirmó Zaman.
- No quería otra niña -
"Antes (del regreso de los talibanes) podíamos practicar más abortos, había oenegés que nos ayudaban y no había controles gubernamentales", dijo una ginecóloga de 58 años en Kabul.
"Ahora los médicos tienen miedo porque si revisan las recetas en una farmacia, es muy peligroso" para ellos, cuenta.
Las mujeres tienen miedo de solicitar una interrupción del embarazo en el hospital, explicó, "por lo que muchas lo intentan en casa y luego acuden al hospital diciendo que han tenido un aborto espontáneo".
Algunas farmacias les venden el medicamento abortivo misoprostol sin receta, dijo la doctora.
Mientras que algunos trabajadores sanitarios son compasivos, otros pueden exigir sumas exorbitantes en uno de los países más pobres del mundo.
Nesa, madre de ocho hijas y un hijo, descubrió que estaba embarazada de otra niña a los cuatro meses.
"Sabía que si mi esposo se enteraba, me echaría de casa. Él cree que nos va mejor con los niños", dijo la agricultora de 35 años.
"Le rogué a una clínica que me ayudara. Me pidieron 10.000 afganis (unos 150 dólares), que yo no tenía. Fui a la farmacia sin receta y me dieron un medicamento contra la malaria, diciendo que me ayudaría", aseguró.
Los únicos medicamentos contra la malaria disponibles en las farmacias de Kabul son la cloroquina y la primaquina, fármacos contraindicados en el embarazo, según la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria de los Medicamentos (ANSM) de Francia, ya que son potencialmente tóxicos para el feto.
"Empecé a sangrar y perdí el conocimiento", contó Nesa. "Me llevaron al hospital y supliqué a los médicos que no me denunciaran, y me extrajeron los restos del feto".
- Dolor constante -
Mariam, de 22 años, tuvo una aventura amorosa. Si bien el aborto es motivo de vergüenza en Afganistán y pesa sobre toda la familia, las relaciones sexuales fuera del matrimonio suelen ser peligrosas y, en ocasiones, dan lugar a feminicidios conocidos como "asesinatos por honor".
Al mes de embarazo, "mi madre contactó con una partera, pero le pidió demasiado dinero", contó. "Así que mi madre me llevó a casa (...) y me aplastó el vientre con una piedra muy pesada".
"Grité y empecé a sangrar", dijo Mariam. "Fui al hospital y me dijeron que el embrión había desaparecido. Ahora estoy deprimida y tengo dolores de estómago constantes".
Según la ONG estadounidense Center for Reproductive Rights, solo un tercio de las mujeres del mundo viven en países donde se permite el aborto bajo petición. Se estima que su práctica ilegal provoca 39.000 muertes al año en todo el planeta.
Una partera de Kabul dijo a la AFP que se siente "impotente y débil por no poder ayudar más (a las mujeres)".
Una ginecóloga de la región de Nangarhar, en el este del país, también se mostró desesperada. "Siento pena por estas mujeres; juré ayudarlas cuando decidí ser doctora. Pero no podemos", lamentó.
C.Kovalenko--BTB